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La ausencia del verso

Rocio Higuera
La ausencia del verso

Hace una década falleció la poeta de la Generación del 50, la del verso desnudo, Blanca Varela, reconocida entre las más importantes de Hispanoamérica. Publicó nueve poemarios entre 1959 y el 2000. (Fotos: Archivo histórico del Diario Oficial El Peruano)

16/3/2019

José Vadillo Vila [email protected] Mi cabeza como una gran canasta/ lleva su pesca. (Concierto animal, 1999). “Hasta en los versos que cierran su escritura se aprecia la contención y entrega al silencio, esa otra forma de lo poético que ella conoció tan a fondo”, escribió Ana María Gazzolo. La poesía que no se desborda estaba en cada verso de Blanca Varela (Lima, 1926-2009). Traducir el silencio. Golpear tres veces la campana vacía. Que mane el agua mínima, que el dios exista y colme mudo resplandor el antro imaginario (El libro de barro, 1993). Gazzolo recuerda en su texto-epílogo de Blanca Varela. Poesía reunida 1949-2000 (Lima, Casa de cuervos, 2016) que la poeta creó en su obra una visión personal sobre la femineidad, maternidad y familia, haciendo una crítica a lo tradicional. Lo desmitificó. Herencia. Varela junto a su familia en el centenario de su madre, la compositora Serafina Quinteras (2002). Juego de la musicalidad Era la niña limeña a la que “no le gustaba mucho lo que le rodeaba”; a quien “gustaban demasiado las palabras, su sinsentido, su música”. Le producía una rara fascinación eso de repetir las palabras. “Las repetía sin fatiga, las decía al revés, tan rápido como me fuera posible. O demasiado despacio, alargándolas, estirándolas, adelgazándolas. También podía usarlas para lo que no se debía, o invertía sus sílabas o cambiaba sus acentos, sin otra regla que mi humor o mi voluntad”. En Antes de escribir estas líneas, un texto que leyó en la Universidad de Texas en marzo de 1983 y que luego fue reproducido por Cuadernos Hispanoamericanos, explica que el mundo que le rodeaba siempre le pareció plano, monocorde, gris. “Este acoso de la realidad al que estoy haciendo mención no es sino un pretexto más para continuar creyendo que podemos librarnos de ella, ser ‘otros’ y no aceptar que es ella la que produce nuestros fantasmas, obsesiones y deseos. Que es ella la única que dicta nuestros crímenes o nuestros sueños”. Para soportar la realidad, calibró el arma de la poesía. Poesía tensa. Rigurosa. Oscura. Conmovedora. No le gustaba hablar ni razonar sobre su trabajo poético: sentía que eso era el oficio de los críticos y que a ella, eso le alejaba de la expresión poética. A María Amelia Fort de Cooper le contó que veces tenía miedo de esa señora que escribía y que era ella misma. Que le tomó años “que la poeta y la persona se acepten”. Pero también aceptaba que si no escribía, su vida sería una locura. “Creo que todo artista, todo poeta, tiene una neurosis”. De Francia. En el 2001, recibe condecoración Medalla de Caballero de la Orden de Artes y Letras. Buscar la voz Para su poética fue importante conocer a Sebastián Salazar Bondy ni bien ingresó a la universidad en 1943 –entonces un espacio dominado por hombres; era un reto–. Ir al teatro, escuchar a Schönberg y Bartók, apreciar copias de los cuadros cubistas. Conocer a José María Arguedas (“A él le debe mi poesía no la forma ni la intención inmediata, sino su paisaje más profundo, algo semejante a la sangre o a las raíces”), a Emilio Adolfo Westphalen (“la encarnación viva y próxima del surrealismo”). “La poesía que escribo no sería la que es sin esas dos influencias que jamás se me impusieron de manera inmediata ni anecdótica, sino, más bien, en esa forma sutil, misteriosa, velada y alusiva, con que suele trabajar en nuestro subconsciente la realidad: creando ecos, correspondencias y formas que la imaginación puede trabajar y devolver trasmutados, convertidos en escritura”. También están sus viajes y su estancia europea, junto a su marido, el pintor Fernando de Szyszlo. Llega a París del 49, un mundo de posguerra, luego irán a Florencia. Y será el mexicano Octavio Paz un ejemplo para perseverar en el oficio de la escritura de la poesía. “Había más tiempo para pensar nuestros problemas, confrontar mundos, sociedades, estilos, formas de vida”. Escribe Poema: momento como tumba o nacimiento/ lugar de encuentro (El falso teclado, 2000). Fernando de Szyszlo fue testigo de que su exesposa “no hacía esfuerzo para publicar, sino que era alentada por otros para hacerlo”. Aunque se reconocía como pionera en hacer cierto tipo de poesía en el Perú, prefería mantenerse alejada de los reflectores, no obstante los premios internacionales que fue sumando, “el prestigio es cuestión del azar, es algo inventado”, decía. Huía también de los membretes, izquierda, derecha, aunque se sentía más cerca del primero, pero no le gustaba el poder. Prefería tomar el camino equivocado y cambiar de rumbo. “Me gusta la posibilidad de enmienda en el hombre”. La palabra necesaria De su primer poemario, Ese puerto existe (1959), a El falso teclado hay un tránsito donde las palabras se van haciendo más desnudos. Como si la palabra estorbara a la poesía. Entre mis dedos/ ardió el ángel (Canto villano, 1978). Claves. Sebastián Salazar Bondy, Westphalen y Arguedas fueron fundamentales para nutrir su poética. “La poesía de Blanca Varela es el de las palabras exactas” explicó Rocío Silva Santisteban. Ahí radica su intensidad. Varela fue un puerto que acogía a otras mujeres escritoras en su casa. Seguía el camino de las escritoras jóvenes, las motivaba. “Su poesía no es facilista, concesiva, es algo que vale y cuesta más”, opinó Rossella di Paolo. Igual que escribir le gustaba la cercanía con sus dos hijos. “La muerte de Lorenzo fue la catástrofe de la que nunca se repuso, fue luego otra persona para siempre”, dijo Fernando de Szyszlo. La muerte se escribe sola/ una raya negra es una raya blanca(/ el sol es un agujero en el cielo( la plenitud del ojo/ fatigado cabrío/ aprende a ver en el doblez (Concierto animal, 1999). Para Giovanna Pollarolo el poemario El falso teclado “es el testamento poético de Varela. Un testamento que es también el relato del aprendizaje de la vida y de la muerte: “Momento como tumba o nacimiento/ lugar de encuentro”. Su poesía es y está en ese “lugar de encuentro” donde todo termina y donde todo comienza, siempre.” Nadie nos dice cómo / voltear la cara contra la pared/ y / morirnos sencillamente/ así como lo hicieron el gato/ o el perro de la casa/ o el elefante/ que caminó en pos de su agonía/ como quien va/ a una impostergable ceremonia/ batiendo orejas/ al compás/ del cadencioso resuello/ de su trompa. Sólo en el reino animal/ hay ejemplos de tal comportamiento/ cambiar el paso/ acercarse/ y oler lo ya vivido/ y dar la vuelta/ sencillamente/ dar la vuelta (El falso teclado).

Rocio Higuera