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Juan Eslava Galán: «Los mismos que silenciaron y orillaron a los indios quieren ser ahora sus heraldos»

El escritor Miguel de Cervantes estuvo a punto de cruzar el Atlántico cuando su carrera como militar había terminado, su cargo de recaudador le había granjeado tantos enemigos como entradas en prisión y su aventura como comediógrafo en Madrid languidecía. América era la tabla de salvación para intrépidos como él, que buscaban empezar de cero y tocar de cerca leyendas que parecían propias de libros de caballerías o de la mitología griega. Soñadores, guerreros y emprendedores como ese Manco de Lepanto protagonizaron una epopeya que, más de cinco siglos después, sigue demasiado afilada para cogerla por los bordes.

Roberto Pocaterra Pocaterra

Contra la demagogia Juan Eslava Galán (Arjona, Jaén, 1948) no es un funambulista de circo, aunque lo de moverse al borde de lo políticamente correcto le suba la adrenalina literaria más que a Bartolomé de las Casas una buena controversia. El escritor, con una socarronería sin par, hace balancear peligrosamente las palabras entre la versión oficial y la visión más rosa en su último libro, La conquista de América contada para escépticos.

Sin querer reparar en lo sensible del episodio, se atreve con perlas como «los invasores, perdón, evangelizadores» , «la labor civilizadora de los españoles», a propósito de alguna batalla que acabó en baño de sangre, o «todo estaba dispuesto para el diálogo de culturas», cuando lo que estaba listo era el intercambio de mamporros. Y no es que este doctor en Letras y autor de decenas de obras históricas se haya pasado al lado oscuro de la leyenda o que se le haya secado la mollera, sino que, más bien, al jienense de mirada alegre le interesa incidir en la contradicción entre las buenas intenciones de la Corona en América y la dificultad de llevarlas a cabo sobre el terreno de la mano de un grupo de barbudos con cara de mal plan.

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