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Ottón cayó, no murió

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De cal y de arena

“Cayó” Ottón Solís Fallas. Su defenestración es hija de la antropofagia política que él mismo contribuyó a inyectar en los antros del poder, de donde quiso erradicar contra viento y marea vicios y corruptelas que bastante daño causaron (y siguen causando, por desgracia) en la gestión de la cosa pública. También salieron golpeados los círculos concéntricos que bordean la política, incluidos allí el aparato estatal y los negocios que mueve la empresa privada

De cal y de arena

“Cayó” Ottón Solís Fallas. Su defenestración es hija de la antropofagia política que él mismo contribuyó a inyectar en los antros del poder, de donde quiso erradicar contra viento y marea vicios y corruptelas que bastante daño causaron (y siguen causando, por desgracia) en la gestión de la cosa pública. También salieron golpeados los círculos concéntricos que bordean la política, incluidos allí el aparato estatal y los negocios que mueve la empresa privada.

Y no es que fuese un error imponerse esa tarea aséptica. Es que lo hizo mal a la hora de estructurarla, en la forma y en el fondo. Constituido en algo parecido a aquel Savonarola , que quería imponer contra viento y marea su código ético, se labró todo tipo de malas voluntades. No solo de parte de los que prostituían la política; también de otros que se vieron arbitrariamente inculpados.

Odiado con todas las de ley, galgos y podencos se la juraron. Una y otra vez, por uno y por otro motivo, intentaron decapitarlo. Ninguna intentona lo consiguió. Se sentaron a seguir esperando el momento propicio.

El Presidente de la República se los proporcionó cuando en días recientes, contra viento y marea, lo quiso imponer como jefe de la representación de Costa Rica en la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico. ¿Cómo fue que don Carlos Alvarado se desentendió del repudio que desataba Solís Fallas en los círculos de la oposición política? Y el dictado de la ley que asignaba al Ministro de Comercio Exterior la iniciativa de proponer al futuro embajador, ¿alegaría el Presidente Alvarado que lo desconocía? O bien, ¿acaso el Jefe de Estado carece de aptitudes para coordinar con sus ministros la toma de decisiones principales o para anticiparle al ministro involucrado el sentido y el alcance de la estructura de poder en un régimen presidencialista, donde todo ministro tiene que entender que el Presidente es quien tiene la última palabra?. ¿O será que ese ministro interpretó que aquí el presidente reina pero no gobierna? ¿No es que el ministro se hizo el harakiri?

¡Qué mal se ejerce el poder en Zapote!

Se reafirma la sensación de que allí hay un vacío. Un vacío del que quieren sacar partido tanto los centros de poder formales cuanto los poderes fácticos. No importa si inventando pretextos para demandar la defenestración (como poner a Ottón Solís a decir lo que no ha dicho) o para reemprender la recuperación del poder que se les fue por voluntad popular expresada en las urnas o al cual ya no pueden influir porque no han podido adaptarse a los libretos   de la acción de gobierno de hoy en día.  

Cayó Ottón Solís, no por incompetencia académica, no por inexperiencia administrativa, no por exagerar sus apetitos políticos. Cayó por una pifia presidencial y porque desata odios y pasiones. Quien lo lanzó al despeñadero fue el Presidente de la República; no se dio cuenta del grado de animosidad que desata su escogido al extremo de exponer a la pira en el Parlamento al conjunto de textos que conforman los acuerdos con el Fondo Monetario Internacional.

Ottón Solís terminó declinando el nombramiento. Lo hizo tardíamente, al grado de exponer su nombre a un hondo desgaste.

Pero como en política “los muertos que vos matáis gozan de buena salud”, quién quita si todo este altercado más bien le haya abierto la puerta a nuevos estadios políticos. La forma en que el PAC ha manejado este ruidoso incidente da base para imaginar que el fundador del partido no esté “fuera de la planilla”. A diferencia de Carlos Alvarado Quesada por la gracia de incontables   e imperdonables pifias.

Aunque en la política sigue abierto el espacio a las triquiñuelas.

(*) Álvaro Madrigal es Abogado y Periodista